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    THE SON OF WOOD: EL ARTE DE CRECER SIN DEJAR DE EXPLORAR

    Desde Salamanca, siete músicos construyen un universo propio en el que conviven folk, rock y rap. Con una trayectoria marcada por la evolución constante, The Son of Wood afronta una nueva etapa en la que la experimentación, el trabajo colectivo y la inquietud creativa siguen siendo sus principales motores.

    Hay bandas que buscan definir su sonido y otras que prefieren dejar que sea el tiempo quien lo haga. The Son of Wood pertenece a este segundo grupo. Su historia es la de un proyecto que ha ido creciendo sin miedo a cambiar, incorporando nuevas influencias y diferentes maneras de entender la música hasta construir una identidad en constante movimiento.

    Lo que comenzó como una iniciativa personal de Sergio Dimald terminó convirtiéndose en una formación de siete músicos que comparten algo más que un escenario: una forma de entender la música como profesión, como aprendizaje y como parte fundamental de sus vidas.

    Los primeros pasos estuvieron marcados por la ilusión y por todo aquello que todavía desconocían. Aprender a preparar un rider, organizar conciertos, entender las necesidades técnicas de los directos o enfrentarse a la grabación de un disco fueron algunas de las experiencias que tuvieron que incorporar sobre la marcha. Un aprendizaje acelerado que terminó definiendo también su manera de afrontar el proyecto.

    Desde el principio tuvieron claro que no querían entender The Son of Wood como un simple pasatiempo. La ambición, el trabajo y unas expectativas claras acompañaron a la banda desde sus comienzos. No hubo un único momento que cambiara su trayectoria, sino muchas pequeñas experiencias que fueron construyendo lo que son hoy.

    Siete músicos, muchas formas de entender la música

    Uno de los aspectos más interesantes de The Son of Wood está precisamente en su composición. Siete músicos procedentes de escuelas y sensibilidades diferentes que han encontrado en el trabajo colectivo una manera de hacer convivir sus distintas visiones.

    Después de tantos años compartiendo camino, las diferencias se han convertido en una herramienta creativa. Antonio Nieto e Iván Escudero, incorporaciones de los últimos años, han contribuido a transformar la dinámica de trabajo, mientras que Xavi Akd ha ampliado las posibilidades vocales del proyecto y Lucía Urones ha llevado el violín hacia territorios sonoros cada vez más amplios.

    También ha cambiado la manera de construir las canciones. Ya no parten necesariamente de una estructura definida que después desarrolla el resto de la banda. Ahora muchas composiciones nacen de pequeñas ideas que se trabajan conjuntamente en el local de ensayo.

    El resultado es un proceso abierto en el que cualquier idea puede tomar una dirección inesperada. Como ellos mismos explican, cada canción tiene un origen diferente, pero todas terminan llevando algo de cada integrante. Una creación colectiva en la que siete sensibilidades terminan encontrando un mismo camino.

    Un sonido que no entiende de etiquetas

    Definir musicalmente a The Son of Wood nunca ha sido sencillo. Sus primeros pasos estuvieron marcados por un folk de autor que, con el paso del tiempo, fue incorporando nuevas sonoridades. Hoy el rock tiene una presencia más contundente, mientras que el rap se ha convertido en uno de los elementos que mejor identifican su momento actual.

    Esa evolución también tiene mucho que ver con las influencias que conviven dentro del grupo. Nombres como Quique González, Ben Howard o Mumford & Sons forman parte de sus referencias, junto a artistas como Paolo Nutini, Feist o Gnarls Barkley.

    Lejos de intentar encajar todas esas influencias en una fórmula fija, la banda prefiere mantener abiertas las posibilidades. Su sonido cambia porque ellos también cambian, y esa transformación forma parte de su manera de entender el proyecto.

    Hay una idea que resume bastante bien su filosofía: no quieren ser una banda que suene siempre igual. Buscan sorprenderse a sí mismos y permitir que cada nuevo proceso creativo los lleve hacia lugares diferentes, sin perder por ello una identidad común.

    In Itinere: canciones que nacen de lo que somos

    En su nuevo trabajo, In Itinere, esa inquietud por evolucionar también alcanza a las letras. The Son of Wood ha entendido que no todas las historias necesitan contarse de la misma manera y que cada canción puede encontrar su propio lenguaje.

    Los sentimientos y las experiencias personales son el punto de partida de buena parte de sus composiciones. En ellas hay espacio para la pérdida, la nostalgia, la rutina, el cansancio de vivir siempre entre el trabajo y las obligaciones, pero también para la necesidad de agarrarse al arte, tanto al crearlo como al recibirlo.

    La banda no pretende limitarse a una única temática. Si sus experiencias y emociones son diversas, sus canciones también deben poder serlo.

    Esa sinceridad se extiende a su propia manera de entender la identidad musical. Para ellos, lo importante no está tanto en alcanzar un resultado concreto como en mantenerse fieles al proceso. La ambición, el trabajo y la honestidad son los elementos que consideran fundamentales para seguir avanzando.

    En este recorrido también destacan el trabajo realizado junto a Martín García Duque y Diego Galaz, cuya huella consideran especialmente importante en su crecimiento reciente. Para The Son of Wood, un proceso de producción no debería servir únicamente para mejorar un disco, sino también para crecer como músicos y profesionales.

    Salamanca, el lugar al que pertenecen

    Aunque su música haya viajado más allá de su ciudad de origen, Salamanca continúa ocupando un lugar fundamental en la historia de The Son of Wood.

    Sus canciones suelen mirar hacia los barrios, los pueblos y esos pequeños núcleos donde las personas encuentran su sentido de pertenencia. Lugares cercanos, experiencias cotidianas y realidades que terminan convirtiéndose en parte de su universo creativo.

    Su relación con Salamanca es sincera y no está exenta de contradicciones. Reconocen las dificultades que supone hacer prosperar un proyecto musical en una ciudad donde la población joven cambia constantemente y donde consideran que el modelo económico está demasiado orientado a la fiesta.

    Sin embargo, lejos de plantearse marcharse para buscar mejores oportunidades, han decidido seguir apostando por el lugar del que proceden.

    Llevan el nombre de Salamanca con orgullo y quieren ser reconocidos también en su propia tierra. Su postura queda resumida en una declaración que refleja perfectamente su vínculo con la ciudad: «Nunca fuimos de huir porque era difícil sino de quedarnos para cambiarlo».

    El escenario como espacio de encuentro

    La evolución de la banda también se percibe en sus conciertos. The Son of Wood entiende el directo como algo que va más allá de reproducir las canciones del disco. Buscan desarrollar un espectáculo propio, incorporar nuevos matices y ofrecer al público una experiencia que mantenga la esencia de cada composición.

    Esa combinación entre evolución y respeto por la música es una de las claves de su propuesta en directo. Energía, complicidad y disfrute son algunos de los elementos que quieren transmitir sobre el escenario.

    Pero hay algo que valoran especialmente: las personas que siguen apostando por la música en directo y que pagan una entrada para escuchar, e incluso descubrir, nuevos proyectos.

    La conexión con el público es una parte fundamental de esa experiencia. Por eso aprovechan para reivindicar a quienes todavía llenan las salas y hacen posible que la música siga encontrando espacios donde crecer.

    Las historias que hacen que todo merezca la pena

    Cuando recuerdan su trayectoria, The Son of Wood no se queda únicamente con los grandes hitos musicales. Entre sus recuerdos aparecen viajes, conciertos, comidas después de los ensayos y personas que han ido encontrando durante el camino.

    El concierto de Ceuta ocupa un lugar especial, tanto por el cariño con el que fueron recibidos como por las anécdotas de aquel viaje. También guardan un recuerdo especial de sus noches en El Lobo de León, después de tocar en la Black Bourbon, una sala que ya no pueden disfrutar.

    A esos momentos se suman las comidas con Manuela, Lorenzo y Marcos después de los ensayos, así como las grabaciones en Brasil y Gárate.

    Son recuerdos diferentes, pero todos parecen conducir a una misma conclusión: la música también consiste en conocer personas, compartir experiencias y encontrar lugares donde sentirse bienvenido.

    Quizá por eso, cuando hablan de lo mejor que les ha dado este camino, no se limitan a mencionar escenarios o canciones. Hablan de gente que les ha abierto las puertas de su casa y les ha hecho sentirse como uno más.

    Una banda que todavía tiene mucho por descubrir

    El momento actual de The Son of Wood combina dos facetas que parecen complementarse: una parte más gamberra y otra en la que la madurez musical ha alcanzado un nuevo nivel.

    Se sienten más músicos que nunca y están explorando registros más agresivos, con sonoridades contundentes y momentos de mayor exigencia técnica. Una nueva etapa que no supone abandonar lo anterior, sino ampliar las posibilidades de una banda que nunca ha querido quedarse quieta.

    Tampoco parecen tener una hoja de ruta cerrada para el futuro. Más que perseguir un sonido determinado o cumplir una lista de objetivos, prefieren mantenerse abiertos a las experiencias que puedan surgir en cada proceso creativo.

    La curiosidad y las ganas de aprender siguen siendo sus principales motores. Cada nuevo trabajo supone un reto y una oportunidad para descubrir algo diferente, tanto musical como personalmente.

    Al final, esa parece ser la verdadera esencia de The Son of Wood: siete personas que comparten un proyecto, pero que no necesitan pensar constantemente en cómo definirlo. Prefieren dejar que las canciones, las experiencias y el tiempo sigan escribiendo su historia.

    Y si todavía no has escuchado su música, su invitación no puede ser más sugerente. Para ellos, el vértigo no es el miedo a caer, sino el miedo a la posibilidad de salir volando.

    Quizá solo haga falta atreverse a dar el salto.

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